JOSE ENRIQUE RODO: “Como ha de ser un diario” (*)

Mucho más que como una actividad aparte, en el conjunto de las actividades sociales, debe concebirse la función del periodismo como un complemento de todas las funciones que interesan, material o moralmente, al organismo social. No hay ninguna que pueda prescindir de ese complemento sin amenguar su fuerza y eficacia. Jamás hubo en el mundo institución tan enteramente identificada con el complejo desenvolvimiento de la sociedad como, en nuestra época, la institución de la Prensa periódica. No se trabaja, ni se combate, ni se estudia, ni se pasa la vida en ocio y solaz, sin tener algún necesario punto de contacto con la Prensa. Esta universalidad de relaciones determina, desde luego, en el diario moderno, una infinita complejidad de carácter y estructura. Pero si hubiéramos de intentar una clasificación en los oficios propios del diarista, podríamos empezar por repartirlos en estos dos órdenes fundamentales: la información y el comentario. De ambas aplicaciones, la verdaderamente esencial e inseparable de la índole del diario moderno es la primera.

El comentario es, sin duda, cosa más alta y de superior dignidad jerárquica que la noticia, pero de ningún modo representa un interés social más positivo ni más trascendente que ésta. Por mucho que remontemos el concepto de utilidad, siempre quedará subsistente que la utilidad superior de la Prensa diaria radica en ser un medio de información, porque es en tal concepto como el diario desempeña un cometido de comunicación y simpatía social para el que no tiene equivalente posible. El libro, el panfleto, la tribuna, pueden suplir con más o menos oportunidad y eficacia el comentario y la propaganda de la Prensa. Lo que ninguna forma de publicidad puede suplir es la rápida y extensa difusión de los hechos que vinculan una porción grande o pequeña de interés general. No se rebaja, pues, la importancia de la Prensa, ni se propende a adaptarla a un bastardeado utilitarismo, cuando se le señala como carácter principal la función informativa. Al paso que el medio social en que se desenvuelve aumenta en magnitud y en diversidad, el interés de esa función sube de punto, porque son más las órdenes de hechos que tienen repercusión en la vida colectiva y en la individual, y es mayor la dificultad de que se difundan de otra manera que por la transmisión escrita de la Prensa. Huelga decir, por lo demás, que dentro de los límites de la información periodística caben todas las formas de exposición que, levantándose sobre la desnuda referencia del hecho, dan a la crónica su amenidad y su interés y obtienen el relativo valor de arte que cabe en esta pequeña historia cotidiana impresa en las páginas del diario.

Pero si la información ha de tender necesariamente cada día a ser más solicitada y compleja, no me parece menos cierta la necesidad de excluirla o limitarla en algunas de las manifestaciones con que predomina en los actuales usos de la Prensa. Hay, desde luego, una complacencia informativa que no dudo en calificar de perniciosa y brutal, por lo mismo que satisface bajas preferencias del gusto público. Me refiero a la “delectación morosa” con que casi todo el periodismo de nuestro tiempo busca el detalle, la exactitud fotográfica, el pormenor realista, en la descripción de las escenas de criminalidad feroz; de los hechos donde aparece, en repugnante desnudez, la bestia humana. Aquí la utilidad de la información prolija es nula, y en cambio, la sugestión de crueldad y de torpeza puede ser positiva en el lector vulgar, cuya propensión inculta se halaga. Hace tiempo que, aun en el terreno de la ficción literaria —donde el arte entra como elemento purificador— ha caído en descrédito aquella morbosa predilección del falso realismo por los aspectos repulsivos y odiosos de nuestra naturaleza. El crimen, el vicio, la degeneración deben interesar hasta donde pueden ser motivos de enseñanza, de ejemplo negativo: jamás como alicientes de curiosidad malsana.

Hay una aberración moral que, por prestarse a ser, más claramente que otra alguna, objeto de contagio psíquico, ha uniformado casi todas las opiniones en cuanto al interés humano de eliminarla de los informes de la Prensa. Me refiero al suicidio. Acéptase generalmente la conveniencia de una disposición legal que hiciese obligatorio ese silencio. Por mi parte preferiría una libre convención de periodistas que tendiese al mismo fin, y que acaso sería de resultados más seguros, si se considera que todo lo que es forzado e impuesto parece invitar de suyo a la contravención disimulada, en las formas de alusión y reticencia que escapan a las mallas de la ley. Otro género de publicaciones en que merecería ensayarse cierta restricción, ya que no una eliminación absoluta, es la de las actas de lances personales, realizados o evitados. Probablemente, subsistirán en la sociedad estos procedimientos de desagravio personal, mientras no pueda aspirarse a una conciencia social más justa y efectiva en sus sanciones morales, de modo que la reparación quede librada a ella. A lo único que cabe tender, por el momento, es a limitar el duelo a los casos de verdadera gravedad, irresolubles por medios de otro orden. Y entre tanto, si bien la ley debe suprimir o modificar la sanción penal de un delito que no lo es dentro de las costumbres y los sentimientos que hoy prevalecen, también debe la Prensa, por su parte, abstenerse de concurrir a fomentarlo, provocando su difusión por los prestigios del ejemplo y los estímulos de la vanidad.

Pero, aunque el diario es, ante todo, un órgano de información, es también un comentador, un censor, un propagandista. Como esos dos caracteres no se excluyen, sino que se complementan y en cierta medida son necesarios uno al otro, es difícil atenerse exclusivamente a la información sin producir un tipo de diario incompleto e ineficaz, en el que el público concluya por sentir la ausencia de una fuerza que anhela y necesita. Soy partidario, pues, del diario que define su opinión en todo cuanto importe un interés humano, nacional, gremial, o de cualquier otro alcance colectivo, que sea propuesto al debate por hechos de oportunidad. Entiendo la “imparcialidad” de la Prensa como el homenaje de respeto y de cultura debido a todas las opiniones sinceras y a todos los intereses legítimos; pero no admito que esa condición llegue a inhibir en lo más mínimo la franca y definida personalidad del diario. Esto no me impide reconocer qUe, tratándose del concepto militante por la política, no como movimiento de ideas desenvuelto alrededor de la vida administrativa y legislativa del país, sino como lucha de pasiones y de agrupaciones permanentes o accidentales, pueda haber diarios que, por su representación gremial y su tradición propia, prescindan de la política propiamente dicha, o se reserven para intervenir en ella a título de excepción justificada por la solemnidad de los acontecimientos y por la autoridad inherente a su propia imparcialidad.

Supuesto que el diario, en general, debe opinar, debe aspirar a ser una fuerza en el debate público, ¿cómo entenderá esa participación que le compete? ¿Ha de ser guía? ¿Ha de ser reflejo? ¿Se levantará por encima de las corrientes populares como el faro que las domine, se contentará con ser un aparato registrador por el que se conozca un modo de sentir colectivo? No puede haber diferentes respuestas para esa pregunta, si se la considera desde el punto de vista de la responsabilidad y la dignidad social de la Prensa. El diario debe tender a dirigir y no a ser dirigido, a ser mentor y no vocero; y aun cuando su opinión se identifique fundamentalmente con la de una colectividad popular, siempre debe proponerse ser, con relación a los sentimientos de ésta, como el filtro en que ellos se depuren de sus heces de error, de pasión y de injusticia. Sería equivocado deducir de ahí una absoluta preterición de lo que piensa y siente en cualquiera oportunidad la mayoría del pueblo. No sólo la impresión de la mayoría tiene siempre el interés de un hecho, sino que es imposible negarle su justo valor, concretado a veces en intuiciones y aciertos superiores a lo más autorizados dictámenes del criterio individual. Por eso, sin menoscabo de la independencia ni del pensamiento propio y definido del diario, debe prevalecer en él un amplio espíritu de hospitalidad para acoger todas las opiniones abonadas por la forma de su presentación, ya que no por el nombre que las autorice, aun cuando disientan de la opinión que el diario exponga como suya. He hablado hace un momento de diarios que tienen por carácter ser órganos de determinados gremios, verbigracia: el comercio, o las industrias rurales.

Nada más justificable que esta consagración fundamental y preferente a cierto orden de intereses sociales; pero a condición de que se procure mantener en esas formas del diarismo, a pesar de su especialización, la complejidad de contenido y de interés que satisfaga la noción armónica y cabal de lo que ha de ser “un diario”. Opino en esto como en lo relativo a los especialismos de la educación. Nunca fui partidario de las mutilaciones de la enseñanza secundaria, que tienden a separar de los estudios preparatorios del abogado, del ingeniero o del médico, aquellas materias que no ofrecen relación directa con el orden de estudios que ellos han de cultivar como consagración profesional. Por lo mismo que el abogado no ha de tener fácil oportunidad de volver a interesarse en las ciencias de la naturaleza, ni el médico en los estudios literarios, importa que la enseñanza preparatoria les comunique aquella iniciación general necesaria en todo hombre de elevada cultura, para mantener su solidaridad de espíritu con los demás elementos dirigentes de la sociedad. El diario de gremio debe amoldarse a parecido criterio. Debe favorecer el contacto de su particular especie de lectores, con las ideas, los sentimientos y los intereses que no se vinculan inmediatamente al orden de vida y de trabajo que ellos tienen por profesión. Junto a las secciones en que se especialicen la información y el comentario relativo a los intereses gremiales, han de tener cabida las que transmitan una noción general de las actividades y preocupaciones de otras esferas de la sociedad a cuya idea de conjunto nadie puede permanecer absolutamente ajeno sin desmedro de su cultura y de su misma eficacia profesional. Por otra parte, un diario no debe considerar limitada su jurisdicción a los temas de estricta actualidad ni de interés utilitario. Estos son, sin duda, los principales objetivos, dentro de la naturaleza de la Prensa diaria; pero la parte de material desinteresado, en que se concede su lugar a las letras, a la ciencia, al arte, a la amenidad o a la instrucción popular, representa un elemento preciosísimo de los diarios modernos, porque contribuye al fin, que también les es propio, de “democratizar la cultura”, haciendo llegar los reflejos de ella allí a donde rara vez logra penetrar el libro, y atrayendo la atención, de modo continuo e insinuante, hacia las cuestiones de interés puramente espiritual, que permanecerían en la clausura de la biblioteca o de la cátedra sin ese medio de hacerlas resonar al aire libre, junto a los varios ecos del movimiento cotidiano.

”El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión”, dijo Sarmiento en el pórtico admirable del Facundo. El mal que aqueja al periodismo moderno es la extensión. El material proporcionado por el desenvolvimiento, cada vez más activo y más complejo, de los grandes centros urbanos; la comunicación internacional, más asidua y estrecha cada día, con el consiguiente acrecentamiento de interés por lo que ocurre en cualquier parte del mundo; las progresivas exigencias del público lector, a medida que sube el nivel medio de cultura y se hacen mayores las necesidades intelectuales de la mayoría: todo parece concurrir a aumentar indefinidamente la extensión y capacidad de los diarios.

Pero como en este desarrollo material se ha llegado ya a lo excesivo y las crecientes imposiciones de que procede son imposibles de evitar, la fórmula de la futura evolución periodística no puede ser otra que la “concentración”: mantener la sustancia de los hechos y del comentario, con superior densidad, eliminando lo prolijo, lo vano, lo superfluo. Aquella spenceriana teoría del estilo, que se nos enseñaba en cátedra y que reduce e1 secreto de la buena forma literaria a la economía de atención, es ineficaz y falsa, de todo punto, cuando se trata de penetrar en el carácter de la expresión verdaderamente artística, pero define bien el ideal de la forma peculiar al diarismo, donde la economía de atención y de tiempo es finalidad naturalmente impuesta por un género de lectura que ha de hacerse entre las urgencias del trabajo cotidiano y con clara conciencia de la condición efímera de lo que se lee. Cada vez más identificada con la vida compleja de una sociedad, pero en forma necesariamente somera y cambiante, la Prensa diaria ha de ser como la sombra del cuerpo social: verdadera y fiel como la sombra, y como la sombra leve y pasajera. ————————-(*) [El Telégrafo, 24 de septiembre de 1914]

(Rodó: Montevideo, 1871-Palermo, 1917)

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*