Aquellos tiempos: COPETIN

Cuando lo escuché por primera vez en su calidad de “artista”, era un pardito esmirriado, apenas púber, con ese color de tez que a veces se denomina “café con leche”, pero con más café que leche. Pulsaba una vieja guitarra en cuyo mástil había fijado una pequeña armónica. Era solista con la armónica y “acompañante” con la guitarra. Ejecutaba, con muy buen oído, tangos, valses, rancheras, maxixas, fados: música de la época. Corría la década de los años treinta, mediada ya. Con su innata humildad – faceta que conservó hasta el fin de su vida – de ven en cuando “pasaba el platillo” y agradecía a media voz los pocos vintenes que recogía en cada vuelta.

Por esa época, una tarde se me presentó en una imprenta que tenía mi hermano David y en la cual editábamos un periódico político que respondía a nuestras preferencias y varios periódicos de otras tendencias partidarias (uno de ellos estudiantil), todos los cuales colaboraban activamente en la perenne situación de penuria económica que vivíamos con mi hermano y compartíamos con decisión y aún con alegría.

Se llamaba José Silva. Pero lo apodaban “Copetín” porque así también le decían a un hermano mayor, Luciano, a quien le había dado por otras disciplinas artísticas: era malabarista, alambrista, traga-fuego y aguanta-hambres.

Comenzó José sus actividades en nuestra imprenta como repartidor del periódico “Frente Único”, bisemanario que a veces se convertía en semanario nomás porque faltaba dinero para comprar una resma de papel de diario, (500 hojas de 69×100 cms.) que en ese entonces costaba ¡tres pesos! Pero había que reunir TRES PESOS, en una época en el que el quilo de carne costaba de ocho a diez centésimos y nuestra comida diaria solía hacerse con veinte o treinta centésimos.

En el taller contábamos con una vieja máquina “Marinoni” en la cual se imprimían los periódicos. Había que dar vueltas a un volante que se hacía cada vez más y más pesado y nos obligaba a turnarnos en el esfuerzo que a veces resultaba realmente agotador. También contábamos con una minerva “Éxito”, tamaño oficio, a pedal, que era la herramienta que solía proveer las necesidades materiales, pues en ella se imprimían los trabajos comerciales: facturas, volantes, tarjetas de toda clase, participaciones de enlace y los llamados “mementos” fúnebres, que eran los que deban mayor ganancia. Con el tiempo, Copetín pasó de repartidor a aprendiz de minervista. Pero, en honor a la verdad, hay que aclarar que tolo lo bien dotado que nación como ser humano – bondadoso, leal y honesto – no fue confirmado en su condición de obrero; jamás pasó de medio oficial. Tal vez era porque su mente y su espíritu andaban siempre a la caza de algo indefinido e indefinible vinculado a una melodía que acaso huía de las seis cuerdas de su guitarra.

Cuando me desvinculé de la imprenta que me había regalado mi hermano, quedando al frente de la misma mi ex – socio, Copetín siguió trabajando con él, siempre en la vieja minerva a pedal, a pesar que el taller ya contaba con máquinas eléctricas y hasta una automática. Muchas anécdotas conservamos en nuestros recuerdos de aquel moreno amable y simpático que fue nuestro compañero de serenatas, cuando empezamos a “sacar” algunos valses en la guitarra; y luego un conspicuo integrante del cuarteto “Horizontes”, que actuó durante varios años en las programaciones de Difusora Zorrilla y en inolvidables “veladas” realizadas en el viejo Teatro Uruguay (Ex – Escayola), que hoy ocupa la Imprenta Rego, donde Copetín trabajó sus últimos años. (…) Con respecto a José Silva, digamos que – después que en el año 1961 nos radicamos en Montevideo – siempre que visitamos Tacuarembó fuimos a verlo, a charlar con él y hasta “guitarrear” un rato.

Ya llevaba cuarenta años de labor en la empresa que en un tiempo perteneciera a mi hermano David y luego a mí. Quería jubilarse porque se sentía enfermo y deseaba descansar por fin. Un día, – hace poco tiempo, un par de años – llegó a Tacuarembó el Presidente de la República, Profesor Aparicio Méndez, Silva concurrió a los actos públicos que se realizaron con motivo de esa visita. A su regreso al “rancho” se acostó, aparentemente sin problemas. Pero al rato llamó a su compañera y le pidió un vaso de agua. No llegó a beberlo. Cuando se lo alcanzó ya había muerto.

Alguien comentó en mi casa, en el momento del almuerzo, ese hecho que yo desconocía. Y ese día derramé muchas lágrimas por aquel “negro con alma blanca” que murió joven aún, mientras siguen viviendo tantos “blancos con alma negra”.

Cosme Benavides, de “Recuerdos de Tacuarembó” (escrito a principio de la década del 80)

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