LA COHERENCIA – Por Tomás de Mattos

Un dilema que la vida nos propone, bajo diversas formas, algunas más graves y profundas, otras más leves o frívolas, es cómo ajustar adecuadamente las decisiones concretas que irán entramando nuestro comportamiento en torno a las convicciones que sustentamos. Según nos vaya yendo en este ajuste, iremos construyendo o deshaciendo nuestra personalidad, por lo que también estará determinado si el proceso de nuestra existencia se aproxima o se aleja de la felicidad.

Toda la obra de Molière, que nunca deja de ser una festiva comedia humana, gira en torno a esta idea, que también los griegos de la edad de oro manejaban como básica para la felicidad. Los personajes de Molière ofrecen el mismo flanco para que su destino reciba el impacto de la desventura. O manejan sus bienes con avaricia; o encaran la tangible vida humana y su posible repercusión en un eventual más allá, con un celoso y constante ejercicio de la hipocresía y una frondosa y sólo aparente exigencia de los imperativos morales; o extreman el cuidado de su salud hasta caer en una patológica obsesión; o se exceden en el acatamiento al canon cultural predominante en el sector de la sociedad en el que viven. Todas sus piezas y no sola las evocadas – El avaro, Tartufo, El enfermo imaginario y Las preciosas ridículas – responden al escrutinio del cultivo exagerado y, por lo tanto, no auténtico de una única cualidad en desmedro de todas las demás. Hay, entonces, desde el buen y filoso humor de la comedia francesa del siglo dieciocho, una profunda coincidencia con a concepción de la cultura griega clásica, por ejemplo, con la que sustentan sus grandes trágicos. Quien haya leído a Sófocles sabe que para el autor de Edipo Rey y Antígona, el desenlace trágico es consecuencia de un hybris, de un exceso que conduce a una trasgresión de los límites morales que estaban asignados a la conducta del o de los protagonistas.

La avaricia o la hipocondría son excesivas adhesiones a cualidades que, dentro de ciertos límites, resultarían positivas, como la austeridad y el cuidado de la propia salud. En definitiva, cabe verlas como exacerbaciones morbosas en el marco del ejercicio de cualidades positivas. Harpagón se transforma en Harpagón porque “se le va la mano” en el apego a la riqueza que ha ido adquiriendo. En la administración de sus bienes, se ha alejado tanto de la acelerada disipación de su patrimonio propio, que ha caído en el abismo opuesto, el de un obsesivo atesoramiento de la riqueza, que lo ha hecho insensible a las necesidades ajenas.

En este esquema de desequilibrio ético, ubiquemos la cualidad a la que está dedicada esta columna: la coherencia, la fiel adecuación de nuestra conducta a los principios que orientan o decimos que orientan a nuestra conciencia. La coherencia es fidelidad a esos principios, constancia en su cumplimiento. El gran problema que plantea es que debe cumplirse en un escenario que es muy dinámico. La vida puede ser definida como un constante ensayo de respuestas a los múltiples problemas que nos plantean nuestro entorno o nuestra interioridad. Los ideales, según nos revela la propia experiencia, no son suficientemente nítidos y, muchas veces, procurando cumplirlos, perpetramos efectos adversos a nuestros propósitos. La vida nos va enseñando, por el resultado erróneo de nuestros ensayos de cumplimiento, que debemos cambiar el enfoque. Esos cambios se van dando de modo tan imperceptible que, a veces, no somos conscientes de la transformación que se está operando en nuestro código de valores. Por esa dinámica que la realidad nos impone podemos caer en uno u otro extremo indeseable: la rigidez o la laxitud. A veces, persistimos en el férreo cumplimiento de valores que, tal como los concebíamos y los jerarquizábamos, deberían ser modificados; otras veces, devaluamos tanto nuestras convicciones morales originarias, que caemos en una flexibilidad inadmisible. Como decía un personaje de Ettore Scola, no sólo tiramos el agua sucia a la tina, sino también al propio niño al que acabamos de bañar.

Nuestros valores padecen influencias de signo antagónico. Algunas que nos impelen a su cumplimiento, como los heredados del núcleo familiar en el que nacimos o los adquiridos por nuestra pertenencia a determinados grupos de diversa índole. Y otras que nos conducen a su trasgresión por influjo por influjo de nuevas vinculaciones, que nos invitan a dejar de lado algunas de nuestras pautas de conducta, mostrándonos, con la apariencia o la sustancia de una experiencia de aprendizaje, su inadecuación a la realidad. La lucha simultánea por el constante ajuste de nuestros valores a esa realidad en incesante cambio y, a la vez, por la dócil fidelidad de nuestra adhesión a su orientación, no cesará en ningún día de nuestra existencia, aunque tantas veces renunciemos a la percepción de esa pugna. Se da y dará, tengamos o no conciencia de que se verifica.

Según la edad, hay tendencias o perspectivas para valorizar este proceso que entrama cambios y permanencias, inconsecuencias y persistencias. Paradójicamente, en la adolescencia y en la primera juventud, cuando recién estamos conformando nuestro sistema de valores, percibo una tendencia a exaltar la coherencia; y, desde que nos vamos deslizando de la madurez a la vejez, va creciendo la proclividad a valorar la flexibilidad. Creo que la explicación va por el lado psicológico. En nuestra juventud, la vida tiene la gozosa incertidumbre del futuro; a medida que pasan los años, ese porvenir se acota y se acumula la inmodificable certeza del pasado que se ha vivido. Buscamos, entonces, sepámoslo o no, aliviar nuestra conciencia. Sin cansancio, con los músculos jóvenes, como optimistas y no es fácil ver como realizables metas que, con los años, nos parecerán cada vez más lejanas.

La evolución ideológica de los cabecillas europeos del mayo de 1968 es paradigmática: terminaron cayendo en perspectivas más aburguesadas que las que ellos, en su juventud, censuraban a las generaciones que los habían precedido. Decir que los años que se nos van ofreciendo para la realización de nuestros ideales son huesos duros de roer puede ser una afirmación que quede corta. Tal vez pueda invertirse la imagen, a riesgo de caer en una exageración, y se pueda decir que los años son perros que la vida nos echa, como si estuviera jugando un duro y exigente truco, para que busquen roernos hasta la médula de nuestros ideales. José Pedro Varela, un principista auténtico, de raíz, y no de la boca para afuera como fueron muchos de sus contemporáneos (¿y lo serían los que comparten nuestro tiempo si hubieran vivido en el siglo XIX?), dijo más de una vez que no hay razón para que, porque no se pueda hacer todo lo que se desea, no se haga todo lo que se pueda. Y creo que es una excelente fórmula: no declinar ni claudicar en nuestras exigencias, por más que la realidad no nos conceda el logro de todas.

Lula, hace poco entre nosotros, dijo una frase que convendría conservar para siempre. No tengo medio de reproducirla textualmente, pero el concepto sería el siguiente: “Cambiamos mucho procedimientos, pero nunca cambiamos de lado”. Es decir, la flexibilidad es admisible y exigible en los caminos y sólo las metas deben ser inconmovibles, si alguna vez fueron válidas. En Lula hoy, y en Varela ayer, hay una coincidencia básica: que en el plano del deber ser persistamos en nuestros ideales, y que en el plano del ser busquemos sobre todo el discernimiento creativo pero prudente, a la luz de la eficacia, de los caminos ya abiertos o a iniciar para su consecución de esos ideales. Las metas son inconmovibles; los métodos – los caminos – pueden modificarse si no son eficaces.

En fin, es la vieja y siempre vigente enseñanza cervantina. Ante toda frustración que la vida nos depare, “paciencia y a barajar”. Aceptar la derrota circunstancial, pero no abandonar el juego hasta que nos saquen la silla.

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