EL GOLPE DE STADO Y SU PERSISTENCIA 40 AÑOS DESPUES / Por Rafael Paternain (*)

I Uruguay se enfrenta a una hegemonía conservadora que no solo es producto de sus rasgos más íntimos, sino además la lógica de los tiempos globales. Los embates neoliberales de las últimas décadas se han filtrado por todos los espacios de nuestras vidas y las resistencias van cediendo lentamente. Este “nuevo Uruguay” ya se torna irreconocible. El piso discursivo habilitó una forma singular de entender los problemas colectivos, y por lo tanto de construir ciudadanía, ha cambiado sin remedio. Un signo de esta mutación lo hallamos en los usos del pasado. Para la gran mayoría apelar a la época del Uruguay “feliz” no es más que una operación nostálgica para interpelar un presente “cargado” de violencia e inseguridad.

Para otros, el pasado de integración y bienestar debe ser condenado porque todavía nos ata a formas perimidas que nos impiden ser plenamente desarrollados. Mientras que “el mejor Uruguay” es un problema que no sabemos como dirimir, la historia recienta deja sus sedimentos y realiza su obra. En el contexto de este artículo no podemos explicar qué significa con detalle la idea de “hegemonía conservadora”. Simplemente queremos advertir algunos de sus síntomas, muchos de los cuales comparecen hoy gracias al silencioso éxito de un proceso que se inició al menos 40 años atrás.

IILa dictadura militar no logró imponer su proyecto pero alteró de forma radical los parámetros del terreno sobre el cual intervino. La dictadura terminó derrotada y la democracia recuperó sus fueros. Sin embargo, sus demoledoras consecuencias trascendieron con amplitud el tiempo que fue entre 1973 y 1984. Los motivos profundos que llevaron al golpe de Estado hay que buscarlos en las intrincadas dinámicas de construcción, consolidación y crisis del Uruguay moderno, sin soslayar naturalmente los factores geopolíticos internacionales. Del mismo modo, la irradiación sociocultural de los años de plomo no cesó con la restauración democrática. Pasados los lustros, podemos advertir que la aventura militar logró tres cosas fundamentales.

En primer lugar, la represión de los conflictos, el confinamiento de los antagonismos y la aceptación de las desigualdades como hechos casi naturales. Según este legado, las contradicciones deber interpretarse como mera disfuncionalidades o patologías. En segundo lugar, la dictadura resignificó a los extraños, transformándolos en auténticos “ajenos”, en los parias de las polis que deben ser vigilados y reprimidos por razones de interés nacional. Mientras el modelo económico ya iniciaba su marcha para la producción de sobrantes y excluidos, el modelo sociocultural daba los argumentos para su estigmatización y segregación. Por último, el éxito decisivo: la impunidad como práctica de poder y la imposición del miedo como rasgo dominante de una dinámica sociopolítica. Todas las claves actuales de la inseguridad, los emergentes de violencias, el deterioro de la convivencia, las demandas salvajes de punitividad para los más débiles, la ausencia de respuestas institucionales, etcétera, deben ser situados en las líneas abiertas por la dictadura y no asumidas en su radicalidad por nuestra peripecia democrática.

IIILos procesos de desregulación – el caso de los alquileres fue paradigmático – y la conformación de una élite empresarial y financiera descomprometida tuvieron su epicentro en aquellos años. Los viajes, el consumo, la publicidad y la “plata dulce” alimentaron los comienzos de una cultura de casino que hoy reina sin contrapesos. Salir del proteccionismo y entrar en el “mundo” nos deparó lo mismo que a todos: una economía emancipada de las ataduras éticas, políticas y culturales (desideologización), una modernización compulsiva, una sociedad de individuos, un desmantelamiento de los sistemas de protección – privatización mediante – y un cultura del exceso y la desvinculación. Los tiempos del boom y el corto éxito económico de las dictaduras regionales sentaron las bases para el neoliberalismo de los noventa. En paralelo, hubo también un desenfreno historizante: el año de la orientalidad, el traslado de los restos de Artigas y el inefable mausoleo, dieron la tónica de una apropiación conservadora y militarista del pasado.

Hoy, en este capitalismo de ruleta, slots e hipódromos, también nos sorprenden las fechas redondas – los bicentenarios -, aunque esta vez el relato conservador es más tibio y apenas alcanza para zurcir una identidad acorralada por la fragmentación y la globalización. La dictadura militar dirigió sus objetivos contra la enseñanza, la ciudad y los espacios públicos. La maquinaria de vigilancia y persecución fue implacable, y no paró hasta que el terreno fuera barrido. Décadas después, las mismas voces resuenan con claridad: la enseñanza pública actual es un fracaso en parte por la responsabilidad de la hegemonía cultural que ha logrado la izquierda; la ciudad está plagada de enemigos urbanos porque nadie se atreve a hacer lo que hay que hacer; los espacios públicos para el solaz de la gente buena tienen que ser recuperados bajo las banderas del orden, la autoridad y la reciprocidad.

IV La ilusión represiva es la nota dominante en el Uruguay actual. Las técnicas de control, vigilancia y señalamiento territorial se expanden. Siempre hay un “enemigo” de porte para combatir: antes fue la subversión y sus aliados; hoy son los jóvenes pobres y marginados, dominados por las subculturas. Sea lo que fuere, varios hechos merecen destacarse: la policía militarizada, las razzias, las detenciones injustificadas, el maltrato ciudadano, la corrupción, etcétera. En el último tiempo, ha ganado la idea de aplicar el derecho de admisión para el control de ciertos espacios públicos (en particular, los deportivos), según los antecedentes o las presunciones de peligrosidad.

Del mismo modo, aquella nefasta sentencia de “algo habrán hecho” ha devenido en un criterio expandido, buena parte del funcionamiento cotidiano de las instituciones. Por si fuera poco, según el parecer de operadores prominentes, la subjetividad desafiante de los infractores o delincuentes deben ser arrasada sin contemplaciones: si el castigo no hace mella, el mundo será de los jóvenes criminales, si las normas no dejan de estar diseñadas solo para beneficiar a los que las transgreden, tendremos que seguir aguantando las burlas de los que se ceban con la puerta giratoria. La dictadura impuso el encarcelamiento masivo y la tortura como las armas de su dominación. Hoy la cárcel resignifica como símbolo de una necesidad. Nuestros niveles de prisionización son de los más altos de América Latina. La neutralización y el maltrato corporal hacia los adolescentes y jóvenes privados de libertad constituyen las prácticas exclusivas de un sistema que no cesa de prometer la reprogramación intelectual, educativa y moral de aquellos.

¿Alguien ha advertido que el grueso de las altas jerarquías policiales y penitenciarias de hoy se formó durante la segunda mitad de la década del setenta? ¿Alguien está dispuesto a negar que esta matriz de socialización es inocua? ¿Cuántos reivindican el proyecto autoritario sin saberlo? ¿Cuántos lo ejecutan sin quererlo conscientemente? Estás líneas de indagación contribuirían a demostrar la falsedad de los que sostienen que los problemas del pasado se acabarán cuando desaparezcan los protagonistas. Por fin, hay otros hechos más sutiles que delatan la persistencia de las lógicas instaladas durante la dictadura. Por ejemplo, en los liceos el uniforme se reinventa como un mecanismo de “distinción”. Antes los estudiantes lo rechazaban; ahora lo piden de buena gana para que la “alteridad perturbadora” quede afuera. Políticos, directores y padres ven en el uniforme el emblema purificador de la auténtica comunidad educativa. El que no lo lleve podrá ser identificado con facilidad y excluido con eficacia: quedará marcado como un intruso o un rebelde. La maquinaria “preventiva” tendrá el camino allanado.

VSe podrá decir que todos estos argumentos son forzados y que están movidos por la exageración. Se señalará que enfrentamos tiempos nuevos y que se imponen desafíos inéditos. Y se alegará que es mala cosa caer en los prejuicios ideológicos a la hora de tomar las medidas necesarias y escoger los instrumentos adecuados para enfrentar la realidad en toda su dureza. Hay cosas que son indiscutibles. El Uruguay actual tiene que ver con aquel de hace 40 años atrás. La democracia está consolidad, y sería absurdo pensar que nuestros márgenes de libertad y acción son los mismos de aquellos años de atrocidades mutiladoras. Sin embargo, si bien sabemos que la dictadura lo destruyó casi todo y generó las condiciones para que el país se insertara en la fase radical del neoliberalismo, no deberíamos perder de vista los resultados obtenidos desde 1985 hasta hoy.

Nuestra democracia no ha podido silenciar y revertir las lógicas autoritarias enquistadas en el Estado y en la sociedad, las cuales han ido consumiendo las reservas de igualitarismo y pluralismo. Por su parte, el crecimiento económico de estos últimos 9 años no ha sido suficiente para la construcción de una nueva matriz de protección social. La dictadura comenzará a quedar atrás cuando una refundación de los público nos sostenga como individuos y como colectividad.

40 años después del golpe de Estado, el proyecto de derecha continúa seguro y asertivo, con un control mayor de las herramientas de la “crítica”. Por el contrario, el impulso de izquierda duda, vacila y oscila entre el mimetismo conservador y la dogmática ramplona. La concreción de un proyecto crítico y emancipador debería trascender la mera recuperación de los valores de autoridad, respeto y tolerancia. La clave de semejante batalla cultural es asumir que la realización de esos valores solo es posible en abierta oposición a la actual hegemonía conservadora.

(*) Sociólogo y master en Ciencias Humanas. Profesor e investigador de la Udelar. Ex director del Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad del Ministerio del Interior. – Publicado en “Noteolvides” Nº15.

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