¿EL FIN DEL TRABAJO? ¿EL DOMINIO DE LAS MÁQUINAS?

Por Esteban Valenti (*)

Escribo esta columna porque hace mucho tiempo que estoy trabajando este tema, pero también porque este mes, cumplo 60 años trabajando, comencé a los 13 años y es uno de mis mayores orgullos. Es el mismo tiempo que he dedicado a la política, pero nunca fui funcionario político, ni de un partido, ni del Estado a ningún nivel. No será un gran mérito, pero no quiero ocultarlo.

El trabajo no es solamente el esfuerzo físico o intelectual que cada individuo utiliza para asegurar su supervivencia, su consumo y el de su familia, es mucho más. Puede ser una terrible fuente de injusticia, de frustración, de un esfuerzo repetitivo y de alienación o por el contrario la fuente de muchas de las mayores satisfacciones profesionales y humanas. Y en el medio hay de todo y el contrario de todo.

En tiempos de pandemia, de destrucción de muchos puestos de trabajo y del inicio de un nuevo tiempo, el tema tiene una renovada importancia.

No es un tema para tratarlo en una columna, últimamente han aparecido libros profundos, valientes, casi aventureros y que se adentran en un futuro lleno de incógnitas pero también de propuestas.

El trabajo, desde el comienzo de los tiempos de las diferentes civilizaciones estuvo vinculado a alguna forma de «máquina», de «herramienta», donde el principio básico era que el tiempo empleado en fabricar una azada, una herramienta, era muy inferior al beneficio que esta herramienta primitiva le ofrecía a su poseedor para labrar la tierra, lo mismo se puede decir de algo más «espiritual», el hombre de las cavernas que transformó un hueso en una herramienta para grabar sus diseños, su «mensaje» en las paredes de esas cavernas y que perviven hasta hoy. El trabajo y las máquinas tienen un inicio y una trayectoria totalmente indivisible.

¿Cuál fue desde siempre esa relación entre los seres humanos y sus máquinas? El rendimiento de su trabajo, el aumentar su productividad o su capacidad de matar, animales, peces y otros seres humanos en la disputa por tierras y dominios, o la conquista de riquezas varias y la imposición de sus ideas, culturas y religiones. Las armas han sido a lo largo de la historia uno de los sectores de mayor desarrollo y aplicación de la inteligencia y de gigantescas riquezas (capitales) a su producción y constante modernización.

Hoy vivimos la penúltima revolución productiva (¿la cuarta…?) en la que las máquinas ocupan cada día un espacio y una importancia mayor en la producción en todos los sectores de la actividad. Pero no es un todo indivisible, no es una masa de máquinas más o menos iguales o con la misma importancia. La que siempre ponemos en primer lugar son los robots, pero no es lo correcto, la principal herramienta para producir capital, para producir riqueza, para ocupar áreas enteras del trabajo humano, es Internet, son las redes sociales y es la web.

Esa es la clave del cambio copernicano al que asistimos todos los días y cuyo fin no podemos ni siquiera imaginar. Es más, las películas y novelas de ciencia ficción, que abundan, ni siquiera rozan nuestro futuro a medio y largo plazo, son casi siempre una pobre expresión de nuestra posible decadencia y del dominio de las máquinas. Y de nuestros miedos.

Los que hablan del dominio de las máquinas sin una reflexión antropológica y filosófica, en realidad son los que buscan respuestas fáciles, les gusta victimizarse, lamentarse y colocarse como súbditos de alguien para poder echarles las  culpas.

Partamos de un principio que muchas veces se olvida o se oculta: las maquinas existen para casi todo, pero tienen una limitación absoluta, solo consuman energía, pero todo lo que producen, objetos, servicios y cualquier otra cosa que se nos ocurra, solo sirve si hay seres humanos que lo consumen. No hay máquinas sin consumidores humanos. Y este principio básico es la clave para interpretar hacia dónde vamos y cuáles son los nuevos y apasionantes y terroríficos desafíos que estamos enfrentando.

No pensemos solo en la legislación laboral, en los modelos económicos y fiscales, en la estructura de los estados, pensemos en la cultura, en el esparcimiento, en el arte y la cultura, en la sicología individual y social, en la antropología, en las guerras y los conflictos.

Otra cosa que nos diferencia radicalmente de las máquinas, junto a nuestra condición de consumidores, es nuestra conciencia de la muerte. Hemos extendido la expectativa de vida en el último siglo en varias décadas y un país puede medir su nivel de desarrollo a partir de los años que viven sus habitantes, y existen las más variadas teorías e investigaciones sobre que podremos superar los 100 años de vida, pero lo que NUNCA podemos evitar, es morirnos. Y saber que moriremos mientras que las máquinas no mueren y pueden reciclarse y reutilizarse y nosotros no.

Esa conciencia es igual en cualquier nivel de la cultura humana y no puede solo considerarse como un dato biológico, tiene una influencia determinante en nuestra actitud ante la vida, ante cada uno de los procesos que afrontamos y no puede incorporarse a nuestro futuro solo como una estadística, tiene una influencia fundamental en nuestra identidad humana, en nuestra sensibilidad ante todo.

Somos el único animal sobre la tierra que tenemos conciencia de nuestra muerte con todo lo que ello representa.

Hay otro tercer elemento clave de diferenciación: nosotros hemos sido y seguiremos siendo los creadores de las máquinas, nunca sucederá de manera inversa, no hay máquina, ni inteligencia artificial que pueda crear un ser humano.

Las máquinas aún en su versión más sofisticada, no temen, no sufren, no se angustian, no tienen esperanzas y proyectos, no proyectan su futuro ni le temen a la muerte, porque no la esperan, pueden ser recicladas. No tienen hambre, ni frio, solo consumen energía y repuestos, es decir pedazos nuevos de esas mismas máquinas o modernizadas.

Otra diferencia insalvable entre las máquinas y nosotros, es que no pueden producir arte, pueden reproducirla. Pueden copiar un cuadro a la perfección e irán mejorando, reproducir en 3D la Pietà, pero será siempre una copia, el gesto de la mano de María solo pudo ser creado por Miguel Ángel, podrán reproducir el Lago de los Cisnes, pero nunca creará nada parecido, no lo gozarán y no podrá bailarlo, lo mismo con Hamlet y con toda la inmensa creación artística de la humanidad.

Nosotros por otro lado hemos creado en esta nueva revolución productiva un potente factor de reproducción de la riqueza y del valor: los datos, o como los llaman algunos autores, los documentos. Podemos calcular con un mínimo de certeza, que en los dos últimos años, se han registrado más documentos, o datos, que en los diez mil años previos de la humanidad desde el surgimiento de la primera revolución, la escritura.

Con una diferencia fundamental, hasta hace muy poco los registros los datos se acumulaban por nuestra voluntad y la mayoría de lo que producíamos se perdía en la nada. Se registraban los libros, los escritos, las películas, las obras de arte, la música, diversos sonidos y nuestra voz, cuando alguien lo decidía. Ahora es totalmente diverso, radicalmente diferente, todo lo que producimos delante de los 23 millones de celulares Smart, inteligentes (aunque haya varios miles de millones de seres humanos que todavía no tienen un Smart), que registran todo, lo transforman en datos y lo acumulan en gigantescas bases y no solo los guardan para la posteridad y en los motores de búsqueda.

Los utilizan, los transforman en capital, en dinero, en ventas, en individualizarnos a cada uno de  nosotros.

La gran diferencia entre mirar televisión, desde 1922 en que el inventor escocés John Logie Baird efectuara la primera experiencia real utilizando dos discos, uno en el emisor y otro en el receptor, que estaban unidos al mismo eje para que su giro fuera síncrono y separados por 2 mm o a la historia del cine que como espectáculo comenzó en París el 28 de diciembre de 1895 con los hermanos Lumière hasta el cine digital del siglo XXI, es que en todos esos casos somos nosotros los que miramos las pantallas, la diferencia con las computadoras, celulares y tablets, es que son ellas que nos miran a nosotros, que recogen los mínimos detalles de nuestro uso y los transforman en datos acumulados y organizados, valorizados, monetizados y vendidos.

Porque la clave está en Internet y las redes que forman su entramado.

Estas consideraciones son solo una primera aproximación, pero de radiografías, de tomografías de la realidad, de descripciones está lleno el mundo, lo que se necesitan son soluciones, combinaciones diferentes entre la inteligencia artificial, expresada por ahora en su máximo nivel en Internet y los seres humanos, para hacer mejor nuestras vidas y no para substituir una alienación por otra, un miedo por otro.

Hay un concepto clave, que cambió de importancia en el presente y futuro uso del tiempo, que es la herramienta humana más importante: la enseñanza, la enseñanza permanente a lo largo de toda la vida. Nos concentraremos en futuras columnas sobre este tema.

Los que seguimos creyendo que vale la pena seguir pensando, investigando, osando a imaginarnos un mundo mucho mejor, más justo y libre, tenemos que afrontar esos problemas y no seguir buscando el reloj perdido debajo del farol, porque es una zona más iluminada. El reloj está perdido en una zona desconocida, donde solo puede ser iluminada por la inteligencia humana.

Podemos resignarnos que todos los adelantos científicos hagan este mundo más injusto todavía, simplemente movidos por la avaricia humana, por el mercado despojado de toda humanidad, o seamos capaces de crear una civilización donde la cultura dominante y la realidad dominante sea de justicia, de satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de las grandes mayorías.

Arriesgarse a opinar sobre este horizonte que parece tan lejano y en que ya estamos viviendo, no es para filósofos, especialistas, técnicos y profesionales, es para el debate, el estudio y la consideración de todos los seres humanos, porque en ello nos va la vida y la muerte.

Sabiendo que el mundo existió y puede volver a existir sin seres vivos, ni que hablar que sin seres humanos, y que el destino de la Tierra, no depende solo ni siquiera del calentamiento global, sino que dentro de millones de años, fuerzas siderales que no podemos imaginar, determinaran una nueva fase del universo y por lo tanto de este pequeño planeta. Pero vale la pena pensar, investigar, arriesgar, luchar porque en esos millones de años no se acorten por nuestra labor destructiva y que en su devenir podamos vivir mucho mejor que ahora.

Lo que es seguro que ese proceso no lo generaran de por si las máquinas, será necesariamente una obra humana.

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(*) Esteban Valenti: Periodista, escritor, director de Bitácora (bitacora.com.uy) y Uypress (uypress.net), columnista de Wall Street Internacional Magazine  (wsimag.com/es) y de Other News (www.other-news.info/noticias). Uruguay.

  • UyPress – Agencia Uruguaya de Noticias

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