LA MUERTE Y LA POLÍTICA / Por Esteban Valenti

La muerte de Jorge Larrañaga es una pérdida muy importante para el gobierno, para su equilibrio, y para el cumplimiento de una de sus principales obligaciones ante la ciudadanía: la seguridad pública. Estos días las política uruguaya y en general la sociedad se sacudió con la muerte del ministro del interior Jorge Larrañaga a los 64 años de edad.

La noticia nos conmovió, al gobierno, a sus adversarios, a los cuerpos policiales donde sin duda el ministro en estos meses se ganó el respeto de los policías y generó centenares de declaraciones y reacciones.

La muerte es obligatoriamente un momento de balance, pero también de reflexión sobre las actitudes, las reacciones y en definitiva del sentido humano o deshumano de la política. ¿Hasta dónde se puede llegar? No es una pregunta retórica, las respuestas y las reacciones definen la sensibilidad de una sociedad, de un sistema de partidos, de seres humanos que se ven enfrentados a uno de los momentos supremos de la vida, su fin.

También la dureza de algunos comentarios en las redes, con firma y no amparadas en el anonimato, muestran que también se pueden liberar las críticas más duras.

Las reacciones ante la muerte de Larrañaga fueron abrumadoras de respeto, de reconocimiento, de sentido humano, aunque no faltaron -cuando no – los buitres en las redes.

De allí surge otra pregunta ¿la muerte conlleva necesariamente cierto grado de hipocresía? Entre los anales políticos nacionales se encuentran algunos de los discursos más brillantes y más profundos y más sentidos. Son parte de la acumulación cultural del país, es como visitar los cementerios del Uruguay y apreciar como en piedra y en bronce se ha construido un alto y sentido nivel artístico.

La estatuaria funeraria, es sin duda una de las muestras del nivel cultural y artístico de una ciudad, de un país. El Uruguay tiene una tradición derivada de los muchos artistas y familias emigrantes que arribaron a nuestras costas.

Los discursos, los artículos, ahora los mensajes en las redes, los servicios periodísticos en otras ocasiones recientes, han dado muestras de que la muerte convoca a expresar sentimientos de humanismo y de solidaridad con los familiares, amigos y compañeros de los que fallecen, y reproducir un ejemplo el mensaje de un «frenteamplista canario a un sanducero blanco como paleta de bagual».

Emociona y Orsi, lejos de disminuir su identidad y su compromiso, como la tiene bien clara y firme, la expresa hacia uno adversario que respeta y que aprecia.

El caso de Jorge Larrañaga no fue diferente, y fue justo y necesario. La expresión más utilizada en su homenaje fue la de «servidor público» y no es casual ni arbitrario, es que realmente fue un hombre que desde muy temprana edad se dedicó a la lucha política y la actividad de gobierno. Dos veces intendente de Paysandú, desde los 32 años son una prueba de su condición. Nunca abandonó la trinchera, supo ganar y perder y terminó sus días con una dedicación y un esfuerzo muy intenso a su labor como ministro.

Y los «servidores públicos» están hoy en día bajo fuego cruzado en todo el mundo.

¿Cuánto influyó en sus males, su operación a la cadera, su infarto masivo y fulminante, su militancia política, incluso su viaje de cientos de kilómetros a caballo hasta Paraguay para rendirle homenaje a Artigas? Era notorio y conocido que su compromiso lo llevó a dedicarle todas sus horas y a cualquier hora a su cargo. Y le costó caro.

La dolorosa condición de la muerte de Larrañaga no impide que cada uno haga su balance de su actividad al frente de uno de los ministerios más difíciles, particularmente en estos tiempos, que es el del Interior.

Pero hay algo que no debería discutirse: primero, la intensidad permanente de su trabajo, hay decenas de testimonios de Tirios y Troyanos. Y segundo que daba la cara, realmente estaba presente en las situaciones difíciles, ante la prensa, las víctimas y los policías. Y por ello figuraba entre los tres integrantes del gobierno con una imagen más positiva, en otra encuesta figuraba en segundo lugar, ocupando nada menos que el Ministerio del Interior…

No se trata solamente de que la pandemia sin duda cubre muchas situaciones y ocupa el centro de las preocupaciones de la mayoría de la gente, con los mismos mecanismos anteriores de medición de los crímenes, las estadísticas mostraron en estos meses una reducción innegable, así como un aumento de las capturas de delincuentes en especial de narcotraficantes de diferentes bandas y tamaños. Y esa es la base del reconocimiento que recogió Larrañaga.

Y no es cierto lo que afirman algunos, la policía en Uruguay no tiene ni gatillo fácil, ni la justicia hace la vista gorda, ni hay violaciones de los derechos humanos en la actualidad, ni represión indiscriminada. Afirmar eso es una superficialidad y el falso.

La labor de Larrañaga pesó de manera fundamental en la imagen de conjunto del gobierno, y su muerte es una pérdida muy importante para el gobierno, para su equilibrio y para el cumplimiento de una de sus principales obligaciones ante la ciudadanía: la seguridad pública.

La política es vida, es contradicción, es compromiso y lucha, pero también es muerte. Y la muerte en estos días nos persigue, nos abruma y se ha integrado de la peor manera en la política. Y ahora mueren hombres jóvenes de un partido que no es el mío, no solo Jorge Larrañaga, el mismo día falleció en un accidente, mientras manejaba solo por una ruta, Félix Migliaccio de 43 años, el secretario de Álvaro Delgado.

Un amigo querido, el Corto Buscaglia, dijo un día que la muerte era un sponsor inigualable, pero es también una prueba muy exigente para probarnos como seres humanos y como militantes políticos. Y también como sociedad en su conjunto y ahora con las redes sociales.

  • UyPress – Agencia Uruguaya de Noticias

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