MARIO BENEDETTI: Retrato de un insobornable / Por Pablo Silva Olazábal

El autor traza un retrato personal de Mario Benedetti, a quien conoció en el exilio español a inicios de los '80.

Fue el primer escritor vivo que conocí; ocurrió en un recital que “Los Olimareños” brindaron en Palma de Mallorca. No recuerdo el año pero debe haber sido a fines de 1980, o principios de 1981, porque tengo presente que comentaban el resultado del plebiscito del NO.

A la salida del concierto, me sumé a un grupo de uruguayos que lo rodeó; recuerdo que después de hablar de la situación política, nos contó (¿o  yo se lo pregunté? no entiendo cómo habrá salido el tema) la forma en que conoció a Onetti, cómo se citó por primera vez con él en el Parque Rodó, una anécdota que repetiría puntualmente muchas veces, variando la cantidad de chopps que la sed del autor de La vida breve iba vaciando sobre el mostrador de un carrito mientras lo ametrallaba con frases increíblemente inteligentes. Catorce fueron las jarras que, como testigos mudos del encuentro, quedaron varadas en el mostrador.

Era increíble, ¡Benedetti hablando de Onetti! Como forma de superar la emoción y, naturalmente, el pudor de mis dieciséis años, lamenté, con cierta teatralidad, que Los Olimareños no hubieran cantado «Cielito del 69». Sabía que la letra era de Mario -dato que, como suponía, ninguno de los presentes conocía. También recordaba que la música era de Héctor Numa Moraes y no de Los Olimareños, pero eso no era relevante.

La respuesta de Benedetti fue sobria, directa y sin alharacas: «Yo creo que perdió vigencia». Rápidamente pasó a otros temas más acordes al interés del público presente y sobre todo más próximos a su nivel de información -se dio cuenta enseguida de que mi comentario era una «rareza», un dato exótico, y él quería hablar al mismo nivel de la gente. Pero lo que más me impactó no fue eso sino cómo un autor podía desestimar, de un plumazo y sin dudar un instante, una creación suya. «Perdió vigencia» es, aplicado a cualquier obra, algo lapidario.

Con todo, la impresión más perdurable de aquella noche fue comprobar la humildad y bonhomía que expresaba Benedetti en todo momento y con todo su ser. Aunque a esas alturas ya era un autor internacional, no tenía indicios de afectación ni rastros de falsa modestia. Esta impresión se confirmaría años más tarde, en 1989, cuando en una entrevista que le hice recordé lo sorprendente de que el diario El País de Madrid lo hubiera elegido a él para hacer su primera movida en el mundo del libro.  «El desexilio y otras conjeturas» fue lo primero que editaron.

Le dije que ese dato era desconocido en Uruguay por lo que era necesario difundirlo, pero él, con un gesto típico de la mano, le quitó cualquier importancia e incluso se negó a hablar del asunto en la entrevista.

El odio al campo

En Palma de Mallorca lo volví a ver muchas veces en reuniones, generalmente comidas, de uruguayos y argentinos del exilio y la emigración, y varias veces le hice de chofer.

Recuerdo que un día, cuando lo llevaba rumbo a uno de esos asados, Luz me comentó «Mario odia el campo«. Recostado a la ventanilla, él, muy serio, se limitó a asentir mientras miraba las cercas de piedras y las masías del campo mallorquín. El día era fantástico, lleno de sol y cielo y me asombró aquella frase. Tanto, que protesté «¡pero esto no se parece en nada al campo uruguayo!».

Mario miró serio a través del espejo retrovisor, dejando claro que no le gustaba ninguna clase de campo. «Soy de ciudad» dijo escuetamente, cuando me vio cara de que seguía sin entenderlo.

Tiempo después coincidimos en Madrid; tanto él como mi padre se habían mudado a la capital. En ese entonces volví a hacerle de chofer, lo llevé varias veces al aeropuerto, porque nunca quiso aprender a conducir. Recuerdo que en uno de esos viajes le pregunté por Manuel Scorza, el escritor peruano que me había fascinado por su pentalogía de novelas indigenistas agrupadas en «La guerra silenciosa».

-Es un poco panfletario, ¿no? -contestó para mi asombro, aclarando que solo le había gustado la primera de las novelas, «Redoble por Rancas».

En otras ocasiones fui con su esposa Luz a ver varias retrospectivas al Museo del Prado; recuerdo una de Picasso y otra de Monet.

También recuerdo que por aquellos años Benedetti mantuvo una intensa polémica con otro tocayo suyo, Mario Vargas Llosa, en las páginas de El País de Madrid. El debate giró, como casi siempre, en torno a Cuba y su revolución, pero al contrario de lo que solía (y suele) suceder, los dos se las arreglaron para mantener un nivel de respeto y competencia intelectual admirables. Como en los buenos debates, no se buscaba tanto convencer como dejar en claro las posiciones, de modo que el lector repensara su postura.

La cosa empeoró cuando el poeta español José Ángel Valente salió a «defender» a Vargas Llosa y atacó a Benedetti aludiendo a su condición de «extranjero» en la Corte -no recuerdo el término exacto, pero fue lo que ofendió a Mario- lo que lo llevó a renunciar a su tribuna en El País y retirarse en silencio.

Estamos hablando del principal diario europeo en aquellos años y el más importante de España; la renuncia parecía una desproporción y sobre todo una pérdida de un espacio que servía para denunciar las dictaduras que asolaban el Cono Sur. Al menos esa fue mi impresión.

Habrían de pasar muchos años antes de que se volviera a leer su firma en las páginas del matutino español.

La visión de Vargas Llosa

Pasó el tiempo, entre uno y dos años, cuando vi al escritor peruano en la televisión, destacando la claridad y la honestidad intelectual de Benedetti.

Lógicamente se lo comenté a Mario cuando pasé por su piso de Madrid; ni él ni Luz sabían de aquella entrevista televisiva y -la verdad- tampoco les preocupaba mucho no saberlo.

Les conté que Vargas Llosa había diferenciado las actitudes de los escritores «comprometidos» políticamente; según la postura de Cortázar con respecto a Cuba era la de un fanático y la de García Márquez, la de un emocional, se explicaba por el afecto que sentía por el país y por Fidel Castro; solo Benedetti, dijo Vargas, «explica y fundamenta sus razones, que no son compartibles pero sí comprensibles» para entender el apoyo a la Revolución Cubana.

Se lo conté y como había ocurrido otras veces, Mario cabeceó, sonrió, murmuró un «ah, mirá vos» y luego cambió de tema. Luz, por su parte, mantuvo un expresivo silencio.

Un detalle interesantísimo: en aquella polémica Benedetti sostuvo que la obra literaria de Vargas Llosa «siempre estará a la izquierda de su autor»; aquella afirmación le encantó al escritor peruano, que la repitió en la mencionada entrevista. Parece una boutade, pero no lo es: Susan Sontag sostiene que los libros suelen ser más inteligentes que sus autores. Es la magia de la escritura: superar al escritor.

 Regreso sin gloria

En Uruguay el vínculo con Benedetti no tuvo la misma fluidez; lo vi en un par de ocasiones, algunas veces lo visité en su apartamento de calle Convención. En 1989 publiqué mi primera entrevista en prensa (realizada junto a Andrea Pollio,  porque no me animaba a hacerla solo).

En aquel momento Benedetti era muy atacado por los «parricidas» (aunque más correcto sería hablar de «abuelicidas») que veían en él una condensación del status quo cultural, del Uruguay gris, de la cultura letrada comprometida con la izquierda, de poesía coloquial y panfletaria y un largo etcétera. Incluso se decía que había vivido un «exilio de oro» en España…

Por supuesto que los que afirmaban esas cosas ignoraban que la vida del exiliado siempre es dura y que todo laberinto burocrático se complica si el interesado elige ser extranjero.

Luz López me contó que Mario se había negado a nacionalizarse. Ella sí lo había hecho y por eso fungía como responsable para todos los trámites. Esa decisión práctica fue tomada por muchos compatriotas, entre ellos Onetti, por ejemplo, que eligió nacionalizarse español. Es imposible (para mí) saber si Benedetti veía consecuencias políticas y éticas en esa decisión, pero la impresión que me dejó Luz es que lo había hecho «mirando más lejos».

Como sea, la vuelta al país y el consiguiente desexilio se vieron empañados por esas y otras infelicidades: le cobraron cuentas atrasadas y no todas eran de él -aunque algunas sí. «La dictadura dejó un legado de mezquindad» comentó con austeridad.

Lo que sí es cierto es que su visión estética y literaria estaba filtrada por la política. Recuerdo haber criticado en su presencia a la izquierda que negaba el rock porque «estaba infiltrado» por la cultura del imperio… Él me contestó que podía ser, pero «ojo, si la cumbia fuera lo más popular entre los jóvenes del mundo, los psicólogos sociales de EE.UU. también la estudiarían para usar su influencia«. Claramente no se iba a entender con los «abuelicidas».

Cuento estas circunstancias para señalar porqué Mario había resuelto evitar cualquier tipo de declaraciones para no alimentar la polémica. Por eso, cuando lo llamé por teléfono para pedirle una entrevista… se negó en redondo. Me pidió que no insistiera, que no había ninguna posibilidad de hacerla. Solo cuando agregué que la nota significaría mi debut periodístico dijo: «Ah… bueno, si es para tu debut…«.

La barrera había caído. Hizo la excepción y la grabamos en su casa. La única condición que puso fue verla antes de que saliera publicada. Se la llevé unos días más tarde al bar La Papoñita, frente a la plaza de los Bomberos, donde se reunía con Viglietti y otros, porque estaban ensayando un recital en El Galpón. Leyó la entrevista con atención y solo agregó unos puntos suspensivos cuando, en el texto, nos interrumpíamos.

La nota salió y  gracias a ella comencé a publicar entrevistas semanales en el semanario Alternativa.

Quince años más tarde volví a entrevistarlo para el programa Sopa de Letras de Radio Uruguay. Se trató de una breve nota telefónica sobre los 50 años de «Poemas de la oficina» que el MEC festejó con varias actividades públicas. Inesperadamente esa vez estuvo un poco agresivo: sentía aversión por hablar del pasado. Su pasión era el presente, así que cuando se dio cuenta de que solo queríamos hablar de aquel lejano poemario de los años ’50 redujo drásticamente la nota a quince minutos.

El otro Mario

La última entrevista se la realicé en el apartamento de calle Cuareim. La hicimos junto al poeta Rolando Faget, en diciembre de 2006, y puede oírse aquí. Por desgracia me encontré con otra persona, absolutamente distinta. Triste, desconocido, básicamente hundido por la muerte de su esposa ese mismo año.

Solo cuando mencioné a Luz -recordé una frase graciosa suya, «en Cuba las plantas y flores son lindísimas pero nadie sabe cómo se llaman, es increíble, preguntás y nadie sabe»- se le iluminaron los ojos y sonrió por única vez. Durante ese brevísimo momento volvió a ser la misma persona que había conocido años atrás.

Lo que sí no había desaparecido era su aversión para hablar sobre hechos del pasado. En la entrevista le recordé otra de sus polémicas de los años ’60: la que tuvo con Emir Rodríguez Monegal, quien dirigía la revista Mundo Nuevo, una iniciativa cultural de alto vuelo que estuvo cubierta por la sospecha de ser financiada con dineros de la CIA.

Le comenté que, medio siglo más tarde, la verdad histórica había quedado aclarada a través de un artículo de Homero Alsina Thevenet en El País Cultural. Basado en un libro que reunía documentos desclasificados de EE.UU., Alsina confirmaba que lo sostenido por Benedetti y otros intelectuales era cierto: a través de terceros la CIA había financiado ese y otros emprendimientos culturales. (Emir, por su parte, había escrito años antes «no es lo mismo financiado que comprado»).

Mario no estaba al tanto del artículo de Alsina pero después de oírlo, al igual que otras veces, hizo un gesto con la mano y dijo: «eso ya pasó, ya es historia«.

 

PABLO SILVA OLAZÁBAL – Escritor, comunicador, director y conductor del programa radial «La máquina de pensar»

  • UyPress – Agencia Uruguaya de Noticias

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