EL DESPRECIADO FACTOR DE LA POBREZA

Decir que la delincuencia tiene origen en la pobreza es inocente e incompleto, pero, aunque no guste, también es cierto. Hubo una época, no muy lejana, en que el discurso dominante, el políticamente correcto, lo que defendía la academia y por tanto la izquierda cuando se encaminaba al gobierno, decía que reduciendo la pobreza se lograrían cambios significativos en la seguridad. Y con esto se acicateaba doblemente al gobierno de turno, por sus carencias en lo social y las repercusiones que, presuntamente, eso generaba en la inseguridad. Hoy ese discurso desapareció del debate. En parte por suerte, porque se revelaba inocente e incompleto. En parte una desgracia, porque obvia un asunto central en los problemas de seguridad.

Quienes lo enunciaban comprendieron la complejidad del tema de la inseguridad, su multicausalidad y el salto cualitativo que dio la delincuencia, enraizada en determinados sectores en carácter de “trabajo” y ejercida por profesionales del delito. No roban por pobres, roban por chorros, y la represión es un camino inevitable hasta para el más progresista de los gobiernos.

Eso es un hecho, pero también lo es que si bien no todos los pobres son delincuentes, casi todos los delincuentes son pobres. Solo hay que hurgar en la historia de los rapiñeros para confirmar que la mayoría fueron criados en zonas marginales, en barrios donde hace generaciones no conocen un trabajo formal, donde los niños son violentados de mil maneras, la peor de todas surgida de la ignorancia de las propias madres a la hora de cuidar al lactante.

Estos días médicos de la policlínica de Casavalle contaron que hay madres adolescentes que dan de mamar drogadas a sus bebés, a los que luego le detectan rastros de cocaína en la orina. Mencionar estas cosas hoy vinculándolas con la inseguridad es ingresar en un debate complicado.

Quizás por eso quienes antes defendían la teoría de la pobreza como trampolín hacia la delincuencia hicieron lo que suelen hacer muchos conversos: se pasaron al bando contrario y son pocos los que ponen el debate en su justo término: los delincuentes no delinquen por hambre, pero es altamente probable que los diferentes componentes de la pobreza y la marginalidad los hayan llevado por ese camino. Es decir, no nacieron delincuentes pero sí nacieron en zonas que son cuna de delincuentes.

Y dejémonos de embromar con que decir esto estigmatiza a esas zonas porque esas zonas no solo están estigmatizadas, están hundidas en el fango.  Si el miedo de la gente y el temor a perder votos de los gobernantes eliminan del debate a la pobreza como factor determinante en el origen de la delincuencia, entonces habremos dado otro paso en la acumulación de errores que nos trajeron hasta este punto en el cual estamos.

GABRIEL PEREYRA (elobservador.com.uy)

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