Nació en Tacuarembó pero vive hace una década en Montevideo, e interpreta con emoción, casi en trance, canciones melancólicas y profundas en clave milonga pero con sensibilidad pop.
Viernes invernal en un bar repleto de Montevideo; camisa azul, sombrero de gaucho marrón y guitarra eléctrica roja, Niño Gutiérre interpreta con emoción, casi en trance, varios de los temas de sus cuatro EP, pequeñas joyas que desde 2020 funcionaron como una suerte de contraseña medio secreta dentro del circuito indie local.
¿Quién estaba detrás de ese nombre incómodo, detrás de esas canciones melancólicas y profundas, tocadas en clave de milonga pero con sensibilidad pop? Canciones que tienen un aire de familia uruguaya (Darnauchans, Cabrera, Dino, pero también Eté y Los Problems, Julen y la Gente Sola, a quienes reconoce como referentes) pero que sólo riman con ellas mismas y se van transformando en cuentos con personajes de alta sensibilidad y tiempo para perder entre paisajes semirurales, muy reconocibles para quien conozca cualquier pueblo del interior.
Pero sobre todo, ¿quién estaba detrás de esa versión genial de “Common People” de Pulp, transformada en la pegadiza y perfecta “Piba de barrio”?
Hasta hace muy poco, una búsqueda en Google no daba demasiadas respuestas. Pero algo pasó con el último disco Hoy cerré temprano (2025) y ya fue posible enterarse que Niño Gutiérre en realidad se llama Agustín Rodríguez, tiene 30 años, estudió ingeniería electrónica y trabaja en un taller, y aunque hace una década vive en Montevideo, es de Tacuarembó. Cuándo no. Lo de Tacuarembó ya parece un chiste, la densidad artística y cultural de ese departamento da para todo tipo de hipótesis sobrenaturales.
Pero Agustín, frente a un café en vaso en el montevideano bar Las Flores, se despacha con una explicación histórica muy documentada sobre los orígenes artísticos del departamento, deudor de políticas estatales que se remontan al siglo XIX con el Coronel Escayola (caudillo déspota pero amante del teatro y padre del ilegítimo Gardel, confirma) y agitadores como el poeta y letrista Washington “Bocha” Benavides.
En el medio cita a Borges y Saer. “Todo este fenómeno cultural es un conjunto de humanismos, gente que hizo cosas para promover que nosotros crezcamos así, con la mirada muy fija en la tradición. Una tradición que integra a la milonga, a la chamarrita, a la polca, la música de nuestra tierra. Sobre todo del Río Negro para el norte. Ahí hay una especie de fauna específica del lugar, como cualquier parte del mundo. Pero no hay que olvidarse que esa tradición fue un padecimiento también, no hay que idealizarla. El otro día leí un comentario en YouTube muy bueno que decía ‘Qué lindo es mi país y mis pagos, pese a que uno padeció la tradición que otros ostentan’. Como que nosotros a veces nos olvidamos de eso, en las raíces está la esclavitud también, la pobreza.”
Agustín es joven pero tiene la madurez de la precocidad y sabe de lo que habla. Empezó a tocar la guitarra a los seis años, le enseñaron su padre (empleado público, militante comunista) y su hermano mayor. Nieto de peones rurales, se fogueó con guitarreadas en casas y peñas folclóricas, y enseguida entró al Conservatorio Municipal pero dejó: no quería ser un cantante de folclore clásico. De adolescente tuvo sus primeras bandas de rock y pop, y con el tiempo fue decantando en estas canciones que, bastante en chiste pero también en serio, bautizó “postmilonga”. Desde allí creó la trilogía de EPs tres, dos, uno –Tres milongas (2020), Dos caminos (2021), Una guitarra (2023) – y su último disco Hoy cerré temprano, además de varios simples que también se encuentran en plataformas.
“Lo de postmilonga empezó un poco pensando en el postpunk, postnewwave. Fue como un chiste pero tiene sentido porque si bien nosotros tenemos esa mirada en la tradición, hay que entender el contexto en el que uno nació. Yo nací en el 96 y no pretendo replicar a Los Olimareños: somos hijos de internet, y además de la tradición de la melancolía de la milonga tenemos mucha cultura anglófila de la movida de nuestra generación, como Franky, Impala, Cameron Winter. Por eso también los discos tienen cinco canciones. A mí me copa lograr en veinte minutos una obra. Hacer que algo empiece y termine. Ninguno de nosotros tiene campo, ninguno dispone de un caballo para andar, aunque a tres cuadras de mi casa ya esté el campo. Entonces somos urbanos también. Estamos en esa plaza de cemento”.
Agustín habla en plural porque los discos, aunque grabados la mayoría en su casa, no nacieron en soledad. Algunas de las canciones, como la versión de Pulp, las escribió con su amigo y escritor –y coterráneo– Diego Silva. “Hace en sus novelas lo que yo hago en lo musical. Lo que hicimos con ‘Common people’ fue tratar de ruralizarla, en el sentido de que aunque está hablando de la clase obrera inglesa ese personaje tiene mucho que ver con los del éxodo rural, para mí calzaba perfecta con el pibe que se fue del interior”.
El plural, también, es por la banda (Juan Fernández en guitarra española, Lucas Giordano en bajo, y Aníbal Benítez en batería), ésa que lo acompañó ese viernes de invierno en un bar que explota. Porque además de componer, Agustín y su banda organizan Código Rural, un ciclo en el que tocan una vez por mes, con invitados, muchas veces del interior. Esos encuentros ya se volvieron de culto para el indie montevideano, con entradas siempre agotadas.
El Niño Gutiérre, nombre que también empezó como un chiste, un guiño a los cantaores flamencos (“soy un niño que está jugando en el patio del recreo del arte”, dice), es un cantautor y una banda, pero también el creador de una escena novedosa, una que se mueve en esa zona liminal, siempre tan rica, tan problemática, tan melancólica, entre el campo y la ciudad, y ahora, entre el interior y la capital.
- Extraído de Portal Página 12

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