SANDINO NÚÑEZ: “Distinguir lo verdadero de lo falso ya no importa”

Por Mary Ríos. (*)

En diálogo con La Mañana, el filósofo, docente y escritor uruguayo Sandino Andrés Núñez Machado (Tacuarembó, 27 de agosto de 1961) analiza el impacto de la tecnología, la crisis del lenguaje y el rol de la filosofía en el presente, en una sociedad atravesada por el cinismo y la automatización del sentido. A partir de allí, plantea una mirada crítica sobre la política, la cultura y la transformación radical de la experiencia humana.

¿Cómo fue tu entorno familiar y tus primeros años de formación? ¿Volviste alguna vez a Tacuarembó?

– Siempre siento mucho pudor al hablar de mí, por lo menos en público. Baste decir, quizá para justificar esa incomodidad, que mi vida no tiene nada de interesante. No literariamente, por lo menos. Soy el hijo típico de una familia con una vida económica complicada, sin dinero ni propiedades ni bienes, pero también sin privaciones importantes. Y soy hijo de la escuela, el liceo y la universidad públicos. Agradezco las dos filiaciones. Hacia mis dieciocho años me fui a Montevideo y no volví a Tacuarembó, excepto de visita. La muerte de mi padre y la mudanza de mi madre a Montevideo me dejaron sin motivos para continuar con esas visitas.

¿Cómo fue tu acercamiento a la filosofía y tu proceso de formación?

– No estoy seguro de que me “guste la filosofía”, sea lo que fuere. Más bien diría que el pensamiento, la escritura y la crítica es mi modo de existencia intelectual, y por tanto de existencia a secas. Y eso más bien lo vivo como una fatalidad y no como el “descubrimiento” de una vocación.

Con tus jóvenes 24 años ya estabas escribiendo. Fuiste coordinador de las páginas culturales de “El Popular”, codirector del suplemento “El Semanario” del diario “La hora” y más adelante director del suplemento “La República de Platón”, responsable del suplemento mensual “Tiempo de Crítica” de la revista Caras y Caretas. ¿Cómo se dio esa vocación periodística?

– Ya escribía desde antes, desde mis dieciséis o diecisiete años. Y nunca tuve, por otra parte, la menor vocación periodística, ni me interesa el periodismo en absoluto. Más bien que la vida me fue empujando por esos andariveles, pues era una forma de tramitar juntos la escritura, la necesidad de tener un ingreso y mi “talante político”, por así decirlo.

El programa Prohibido Pensar para Televisión Nacional del Uruguay tuvo gran repercusión. ¿Te volvería a tentar un formato así?

– El éxito de aquel programa de televisión me sorprendió muy agradablemente, y me dio cierta felicidad. Pero los contrapesos terribles eran la exposición, el fastidio y la vergüenza de tener que ver en una pantalla la misma cara que veía todos los días en el espejo, y sobre todo, que se me adjudicara el título nobiliario de “conductor de televisión” o de “comunicador”. No lo volvería a hacer de ninguna manera. Y mucho menos a mi edad.

¿Cómo se dio tu vínculo con la docencia y cómo lo vivís hoy?

– Una vez más, eso no surge: va ocurriendo. Dar clases, coordinar grupos y seminarios, fue la respuesta a un problema bastante poco noble: necesidad económica. Pero hoy no podría imaginar la actividad y la vida intelectual al margen de esa práctica docente, en la que seguramente -y esto no es retórica- yo aprendo más que mis alumnos.

He dado clases en mil sitios e instituciones. Pero ahora, y desde hace un buen tiempo, lo hago por mi cuenta. Y desde la peste lo hago a distancia. La docencia fue algo que sucedió un poco arbitrariamente, pero hoy es algo estrictamente necesario, una especie de nudo constitutivo de mi vida. Como si hubiera estado ahí desde el origen mismo.

¿La filosofía sigue teniendo capacidad transformadora o quedó reducida a un discurso universitario?

– Esas alternativas no son excluyentes. Lo primero: no hay que dar por la filosofía más de lo que ella puede darnos: es una forma institucional del discurso, con su gramática, su léxico, su nómina de períodos y autores, sus protocolos y formas de apropiación de asuntos y temas, etc. Un juego o un ritual de desempeño universitario como cualquier otro.

Pero, por otra parte, filosofía como pensamiento o escritura, no deja de ser una práctica discreta de profundo compromiso político, de análisis y crítica, en un mundo que ha amputado, desde hace ya bastante tiempo, la carga política.

¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Qué diferencia hay entre escribir filosofía y escribir ensayo?

– Antes que nada, me considero un escritor. Sin que me interese gran cosa, tal vez un poco pretenciosamente, el juego liberal de los dramas de la escritura convencional: poesía, prosa, ficción, ensayo, novela, cuentos, ciencia, papers, tesis, filosofía, didáctica, divulgación, etc., todos esos géneros y caminos ya abiertos del discurso que nos permiten habitar espontánea y un poco aproblemáticamente el universo de la escritura en el Occidente moderno. Como los cartelitos clasificatorios en una librería o una biblioteca.

Nadie leería Las meditaciones metafísicas como la autobiografía lírica de un sujeto, o Los principios matemáticos como la síntesis creativa extraordinaria de un momento histórico extraordinario, o La fenomenología del Espíritu como una novela crítica de la cultura dominante, así como tampoco En busca del tiempo perdido como una profunda teoría del psiquismo social y la memoria conceptual. Sin embargo, ésas son buenas claves de lectura, y están en el centro mismo de la dinámica de la escritura.

Sólo que nos hemos educado en su represión. Hay, en todo esto, una categoría que me interesa no perder, y que no es ni ensayo ni filosofía. Es teoría. La teoría es una lógica metafórica, o la metaforicidad misma como lógica que busca ser consciente de sí. Y esa lógica atraviesa a la literatura, a la ciencia, a la ficción, a la filosofía o al ensayo. Se ríe de todos esos pequeños dominios, porque termina por abarcar al lenguaje mismo.

Casualmente estás presentando tu último trabajo de Casa Editorial Hum, El aire y lo sólido, en el cual se nos invita a pensar la historia, la creación y el tiempo, interrogando al presente enfrentándolo con lo que aún no comenzó. En el prólogo anuncias que vuelves a las cuestiones teóricas que te obsesionan desde casi siempre: el capital, la tecnología, la emancipación, el lenguaje y la historia. Desde tu mirada sobre cultura, lenguaje y tecnología, ¿el lenguaje hoy está empobrecido o simplemente transformado?

– En el libro sostengo una idea que no es nueva en absoluto y que no aspira a la novedad. El lenguaje no puede ser considerado simplemente un medio (o una tecnología) de comunicación, o de expresión, o de conocimiento del mundo. Es el mundo mismo, e incluye a las ideas de “comunicación” o de “expresión” o de “conocimiento”. El lenguaje es la ontología histórica que nos constituye. En el lenguaje (y no a través de él) hablan la historia, lo social y los muertos, como dijo Walter Benjamín. En el lenguaje habla el Espíritu (Hegel).

Es todos los significantes que organizan socialmente nuestra experiencia y sin los cuales no habría experiencia en absoluto: tiempo, espacio, luz, oscuridad, afuera, adentro, fantasía, realidad, experiencia, conciencia, en fin. Con esa perspectiva, resulta artificioso hablar de simples “transformaciones empíricas” del lenguaje a través de la historia (tal como lo plantearía la lingüística social o histórica), o del “empobrecimiento” de un lenguaje que ayer era más rico y complejo (tal como lo lamentarían las buenas almas educadas que entienden que las nuevas generaciones, por ejemplo, manejan repertorios expresivos y cognitivos cada vez más elementales, con pocos recursos, instrumentos y palabras, etc.).

Lo que ocurre es infinitamente peor. Se trata de una verdadera catástrofe ontológica: el derrumbe del sentido histórico-social de la experiencia vital. Lo que queda es la repetición compulsiva del mecanismo económico de la vida, sin sentido, sin carga afectiva, sin espíritu ni soplo humano alguno. Una depresión psicótica a escala global.

La gente busca respuestas. Recurre a libros de autoayuda y atiende consejos y recomendaciones de todo tipo. Lee a Byung-Chul Han y a los estoicos ¿Qué corrientes filosóficas contemporáneas consideras realmente relevantes hoy, y cuáles crees que son más bien modas académicas? ¿Tú tienes una filosofía o religión que te sustenta en lo personal?

– Primero. La gente no busca respuestas. Las tiene al alcance de la mano sin haberlas buscado (o deseado). La lógica es la de demanda-satisfacción, y no del deseo (y la “renuncia a la satisfacción” que eso supone).

Segundo, hace bastante tiempo que no me preocupa en absoluto estar al tanto del pensamiento contemporáneo o de “las corrientes filosóficas” de actualidad. Eso era un pecado de juventud, y ya estoy viejo.

Tercero, una filosofía o una religión no es algo que alguien pueda “tener”, pero la observación es bastante exacta, en el sentido de que la filosofía (que yo prefiero llamar “teoría”), no como “sistema de ideas”, sino como una forma analítica o crítica del pensamiento, está mucho más cerca de la forma-religión que de la ciencia.

¿Cómo han cambiado los medios digitales nuestra forma de pensar y de construir sentido? Si el uso de la IA permite crear realidades, ¿cómo distinguir lo verdadero de lo falso?, ¿o ya no importa?

– Los medios digitales y la IA no son de ninguna manera algo nuevo en la cultura de Occidente. Son la expresión y la consagración, sintética y operacional de un modo de pensamiento dominante o hegemónico que se replica a sí mismo desde los comienzos mismos de la modernidad: la reducción de la materialidad ontológica de la historia a una materialidad idealista, superficial y pragmática de resolución de problemas y procedimientos estandarizados formalizables. Eso es tecnología, y está en la base de la ciencia desde el primer momento.

Las últimas dos preguntas dibujan el centro mismo del problema: no se trata de que se haya vuelto difícil distinguir entre lo verdadero y lo falso: es que ya no importa en absoluto. Y eso es una catástrofe que ya ocurrió hace siglos.

Sobre cultura y sociedad ¿Vivimos en una sociedad más cínica que crítica? ¿Qué lugar ocupa hoy la figura del intelectual?

– El cinismo es siempre una especie de estetización de las prácticas humanas y de la política: una conducción perversa de las prácticas sociales a los juegos, a los rituales o al arte. Trump o Milei serían expresiones estéticas de la política (aunque sean más bien feas y atroces).

La crítica sería, por el contrario, una profunda repolitización de la estética. Vivimos en una sociedad cínica, sin dudas, y eso, insisto, no es nuevo: es un rasgo que tiene por lo menos medio siglo. Si intelectual es entendido como una figura o un rol o un personaje individual con una identidad y unas características definidas, preferiría desentenderme del problema más bien estadístico o cuantitativo del lugar que ocupa en la dinámica cultural contemporánea. Pero si hablamos de una idea que representa una resistencia de lo que todavía queda de política y pensamiento en nuestra cultura, por débiles que sean esos garabatos, diría que es algo fundamental.

¿Cómo ves el panorama cultural e intelectual en Uruguay hoy? ¿Existe una identidad filosófica uruguaya o latinoamericana?

– Empiezo por la última pregunta. Respondo diciendo, como dicen los juristas: “no ha lugar”. La solidaridad inherente entre “identidad” (filosófica, o del orden que sea) y los lugares parciales o regionalizaciones (culturales) como “Uruguay” o “Latinoamérica”, me atemoriza un poco, como toda esa folklorización de la cultura que convierte a los lugares en reductos de identidad y rasgos idiosincráticos intransferibles. Con respecto al “panorama intelectual de Uruguay” puedo decir algo muy similar. Es un asunto que no logra despertar ni mi interés ni mis ganas.

Actualmente estás radicado en La Floresta. ¿No extrañas Ciudad Vieja?

-No solamente no extraño Ciudad Vieja, sino que podría decir que me fui de Montevideo huyendo de Ciudad Vieja.

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Obras del autor

– Diverso y universo (1980).
– Lo sublime y lo obsceno. Geopolítica de la subjetividad (2005)
– Disney War. Violencia territorial en la aldea global (2006)
– El miedo es el mensaje (2008)
– Cosas profanas. Los límites políticos de los objetos (2009) (Premio Nacional de Literatura, categoría Ensayo filosófico)
– Prohibido pensar (2010)
– La vieja hembra engañadora. Ensayos resistentes sobre el lenguaje y el sujeto (2012)
– Breve diccionario para tiempos estúpidos. Observaciones oscuras sobre ontología pagana (2014) (Premio Nacional de Literatura, categoría Ensayo filosófico)
– Psicoanálisis para máquinas neutras. Biopoder o la plenitud del capitalismo (2017) (Premio Nacional de Literatura, categoría Ensayo filosófico)
– Anástrofe. Sobre juegos, virus y locura (2020) (Premio Nacional de Literatura, categoría Ensayo filosófico)
– El aire y lo sólido (2026)

  • (*) Fuente: La Mañana.uy

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