Los que trabajamos en actividades comerciales, en negocios de ventas y asistencias, estamos habituados a tener como referencia, a un punto de nuestra ciudad, al que definimos con total naturalidad, como lo de “Doña Ramonita”.
Hace pocos días al atender un pedido, el cliente me indicaba con toda normalidad: “De lo Doña Ramonita, la siguiente bocacalle, doblando a la izquierda, al fondo”.
Nos dispusimos a entregar la mercadería, con Andrés, un integrante de nuestro equipo de 24 años; y mientras nos dirigíamos a cumplir con nuestra misión, me preguntó con mucha curiosidad, ¿quién era “Doña Ramonita”, que tanto la nombran las personas mayores?
Y así fue que me dio mucho gusto recordar una semblanza de hace alrededor de 50 años atrás.
Cuando niños, visitar a Doña Ramonita era para nosotros uno de los mejores paseos.
En el Barrio Ferrocarril, en lo que es hoy la avenida Pablo Ríos, a una cuadra antes de la Escuela N°11, por la vereda de la derecha rumbo al sur hacia el Barrio Centenario, era todo campo, por supuesto que no existía el Centro de Barrio N°1, ni existía la Ruta 5.
Por ese lugar, todos los días, desde tempranas horas de la tarde, transitaban un gran número de personas a pie, carros o autos con un mismo destino: “lo de Doña Ramonita”.
A tres kilómetros de la ciudad, aproximadamente, se destacaba una pintoresca granja de frutales, donde a 100 metros al fondo del camino, sobresalían las construcciones de grandes galpones y la casa familiar.
La entrada de acceso se hacía por una calle lateral empedrada, y bordeada de ambas aceras por árboles de olivos, doblando finalmente en ángulo hacia la casa.
Autos estacionados, gente sentada esperando su turno debajo de grandes enramadas en los amplios patios, y no era raro ver algún carro desprendido y su caballo pastando en el campo, “seguramente de alguna familia de Batoví, o de algún otro lugar de nuestra campaña”.
Doña Ramonita atendía a todas las visitas con el mismo agrado, a todos por igual, amable, seria y responsable para aconsejar y resolver los problemas que se le planteaban.
Estudió y se graduó en Brasil y exhibía sus títulos en cuadros en la sala de espera.
Los visitantes de Doña Ramonita, tenían un antes y un después de su visita.
Se los veía llegar con caras y gestos de preocupación, y de angustia; pocos comunicativos, y era notable ver el regreso de todos ellos; sonrientes, charlando a veces en grupo, eran otras personas.
Les daba fe y esperanza, y les hacía ver valores que a veces no percibían.
Ninguna calle lleva el nombre de Doña Ramonita, y tal vez nunca lo lleve.
Pero el pueblo y toda la gente que la conoció, la recordarán siempre y como un gran homenaje identificará el lugar donde vivió, como “lo de Doña Ramonita”.
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- (*) Texto escrito por Juan Heber Leites, hace unos años.
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Conferencia de prensa y presentación de la investigación:
“Toponimia. Memoria y saberes curandiles: Vestigios de RAMONITA en Tacuarembó”.
A cargo de Lic. Jazmín Domínguez
Presentación: Lic. Bettina Silva Carneiro
Miércoles 17 de junio de 2026
10:30 horas.
CENTRO CULTURAL TACUAREMBÓ
Sarandí 256

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