DEL YERBALITO A TACUAREMBÓ

Por Alberto Manini Ríos.

De las costas del arroyo Yerbalito en Treinta y Tres a laguna de las lavanderas en Tacuarembó hay unos 300 km de distancia. A caballo, la agrupación Los Amigos del Yerbalito unió ambos puntos en peregrinaje hacia la Fiesta de la Patria Gaucha, que todos los marzos son una referencia ineludible en Tacuarembó.

Los Amigos del Yerbalito –a quienes agradezco mucho el haber compartido parte de la marcha– son un colectivo conformado por mujeres y hombres (con intereses en nuestra cultura más telúrica) cuyo arraigo principal es en ese paraje, e incluye pobladores de otras zonas del departamento de Treinta y Tres. Sería a modo de nota a pie de página, esa singularidad, del departamento olimareño, tanto la influencia de sus cursos de agua en cuanto a nucleamientos humanos, como que sus oriundos hacen referencia a que son de tal o cual sección judicial, en este caso del Yerbalito, la cuarta sección.

El colectivo reúne una rica variedad generacional desde caballeros de ochenta años, damas, adolescentes, jóvenes y hasta Agustín, un niño de 5 años. Y, por segunda vez, partieron desde tierras de poetas y cantores hacia “la meca” de la festividad gauchesca, mojón del norte del país, uniendo puntos de la patria, a cuál más auténticamente criollo uno del otro.

El agrupamiento que marchó hacia Tacuarembó, de unas 30 personas, incluía 49 equinos, y como vehículos de apoyo dos camiones y algunas camionetas, llevando ponchos y carpas, ollas y calderas y hasta contaba con freezer y generador de energía.

Ese recorrido a caballo, a la vieja usanza, atravesando casi medio país del este hacia el centro norte, permitió contemplar entre amaneceres y atardeceres –bajo un sol de marzo que parecía emular al de enero– las distintas geologías del país, de las cuchillas circundantes a la reserva de la Quebrada de los Cuervos, hasta las planicies arenosas de la ribera norte del río Negro y algún cerro de meseta más cerca de la ansiada llegada a destino.

Me acoplé a la marcha en el paraje Cuchilla de Ramírez, donde a poquitos kilómetros está la balsa que permite unir al paraje duraznense con Rincón de Zamora, del lado tacuaremboense. La balsa tiene la curiosidad que del otro lado no hay ruta, solo un camino de arena, por lo cual su uso es casi exclusivo para caballos y semovientes.

La agrupación venía de hacer noche acampados en las costas del arroyo del Cordobés, que sirve de límite entre los departamentos de Cerro Largo y Durazno, sitio plagado de historia y de mística nacional.

En el propio departamento de Tacuarembó, después de recorrer entre mares de eucaliptos y pinos, donde los ranchos quedan tapera, y los aperos de toda la vida mutan por cascos amarillos y chalecos fluorecentes, llegamos a desensillar a Montevideo chico. Allí mismo, Zully (y don Olivera también), gran anfitriona, sacó a relucir su acordeón, que indudablemente nos hacían regresar a las raíces culturales más propias y percatarnos de que sí, estábamos en Tacuarembó.

Al otro día ya atravesamos el pueblito La Hilera al mediodía y culminamos la etapa en el paraje Cerro del Ombú. Allí, en una estancia pujante en el desarrollo agropecuario, muy generosamente nos abrieron la tranquera y la gentileza del personal nos permitió compartir sus comodidades con nosotros. Una de ellas, el gozar de una buena ducha, cuya agua se calienta a la vieja forma, de serpentín que atraviesa la estufa.

La entrada a la ciudad de Tacuarembó, con caballos yendo por tropa, exigía de baquía y buen ojo campero, y se hizo bordeándola por el margen occidental de la ciudad, hasta que llegamos al campamento final en el barrio La Matutina, a unos 5 km y medio de la Laguna de las Lavanderas, epicentro de la fiesta nativista.

El desfile tradicional, cubierto debidamente por los grandes medios, congregó en esta edición a más de cuatro mil cuatrocientos caballos. Entre ellos, estaban las grandes y pioneras aparecerías compitiendo por las mejores notas, agrupamientos que lo hacen por el gusto de acompañar, delegaciones extranjeras y cuerpos diplomáticos, y cualquier devoto del tradicionalismo que quiera sumarse con su caballo ensillado.

Al parecer los espectáculos musicales masivos batieron récords de venta de entradas, y como fui por primera vez a la Fiesta de la Patria Gaucha en el año 1997 (¡y cinco veces “a pata de yegua”!) no puedo dejar de manifestar cierta nostalgia por el entorno de entonces, pues no pude encontrar esas voces curtidas, del folclore puro y duro, cuyas letras de canciones tan diáfanamente describían a su departamento nativo.

Sin duda, que todo evento tan masivo, si no se acopla y se va readaptando a las modalidades adoptadas por las generaciones nuevas, corre riesgo de declive o perecimiento. Asimismo, a tener presente que la mantención viva de la esencia más genuina es el rasgo distintivo o principal capital de este evento. De esta fiesta anual, que hace que muchos, año a año estemos pensando en ensillar para ser partecita de la misma. El debate tácito está presente.

Para concluir, ya terminada la festividad, nos quedan en la memoria, los recuerdos de la camaradería de fogón, los kilómetros atravesados a caballo por sitios muy recónditos del Uruguay, y por sobre todo el observar a abuelos y nietos marchando juntos por la devoción al caballo y los valores más altos del tradicionalismo.

  • Portal LaMañana.uy
  • Foto: Fiesta Patria Gaucha

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